domingo, 4 de abril de 2010

EL INSOMNIO DE LIMA Una historia de cómo una bestia se transforma en príncipe de la noche a la mañana.

La noche se me hacía larga, y tenía unos cuantos amigos que esperan por mí. Era interminable el cambio de hora, y de cierta forma, cuando uno pide ayuda nadie te la da. Es en situaciones como esta en las que creo que todos los cosmos conspiran para que a uno le vaya mal. Y es así como después de tanto renegar me encontré con unos amigos por mi casa, ellos me habían esperado más de hora y media, por lo tanto, decir que estaban molestos es poco. Tomamos un taxi porque ya era tarde, y en medio de la Plaza San Martín se encontraban dos amigos nuestros, pensábamos que si tal vez éramos más de 2 o 3 personas, un ladrón lo pensaría dos veces antes de querer robarnos la cámara que teníamos y los 40 soles que tenía cada uno en su bolsillo.

El plan era sencillo -y según todo el mundo, hasta un poco peligroso-, teníamos que pasar una noche entera en el centro de Lima. Es un poco escalofriante escuchar esas tres palabras, por lo menos para mí lo es.

La noche empezó de lo más normal, soy de las personas que creen que el miedo llama al miedo, no tienes porque sentir miedo si el ambiente no lo amerita; yo estaba serena, caminando, hablando, riendo en una calle desierta a las doce de la noche, donde se visualizaba neblina, neblina y más neblina. Atravesamos Jirón de la Unión, donde de rato en rato veías pasar personas con rostros no muy amigables.

Describir el centro de Lima no es muy difícil, las calles son todas grises, la gente no es nada amable –no podemos generalizar-, y de cierta forma, cuanto te encuentras sólo en medio de Jirón de la Unión, donde todo está cerrado y no ves ni un alma ni tienes un perro que te ladre, uno siente miedo, una sensación de esperar lo inevitable en cualquier momento, de esperar a alguien de sorpresa. Exactamente en ese momento y con esa misma sensación nos encontrábamos caminando en la neblina. No sabíamos hacía donde ir, sólo sabíamos que era tarde y que ninguno de los cinco había comido; buscábamos a una señora que vendiera anticuchos, y es que las cosas son como Murphy dice, cuando uno quiere algo, no lo consigue; y cuando ya no lo quieres, por obra y gracia del Espíritu Santo, ves aparecer un millón de esas gracias que en algún momento necesitaste; en conclusión, no encontramos nada.

Lo más factible fue dar media vuelta, regresar a la Plaza San Martín que desde un principio nos albergó en sus terroríficos brazos. Esa travesía de ir de venir, a mí me estaba cansado, ya que para empezar traía abrigo más de la cuenta; no nos quedó de otra que satisfacernos con medio pollo, un plato de ensalada, cuatro papas, una tajada de torta y una bola de helado de vainilla –por lo menos en eso acertaron- entre los cinco; no pensábamos gastar mucho en comer, porque pretendíamos gastar todo lo que nos sobraba en alcoholizarnos –el gran placer de la vida juvenil-.

Comíamos mientras mirábamos un canal de música, después de un par de videoclips de Paulina Rubio, nos animamos a buscar un karaoke; pero es más que comprensible que en centro de Lima a las 2 de la mañana y un día feriado no íbamos a encontrar un lugar donde desahogar nuestra extenuante semana cantando. Salimos de la pollería y caminamos hacía Quilca, donde ya no se veía como un callejón de sabiduría barata, irónicamente, está vez se veía como un callejón de droga barata. Donde todo el mundo te habla como si fueran tus íntimos y sin embargo, cuando te vas alejando sus miradas te siguen como viendo qué quitarte, veíamos ese callejón interminable y hasta el final del callejón todos estuvimos sentimos un montón de miradas apuntando hacía nosotros, es inevitable no usar el término “paranoicos”.

Supusimos que a las tres de la mañana ya era hora de embriagarnos; hasta ahora no entiendo porque es que fuimos a un sitio tan lleno de vida nocturno en un feriado, absolutamente todo estaba cerrado. Para nosotros recién iba a empezar la noche, pero mientras buscábamos un sitio donde pasarla hasta el amanecer, nos dimos cuenta de que para algunos ya había terminado la noche y literalmente su noche había terminado en el piso o cerca a los basureros.

Fue como un llamado de Dios que escuchamos una canción de REM viniendo de la azotea de un edificio…Shiny happy people laughing… y caminamos hacía ella como si hubiéramos encontrado un oasis en medio de la nada…Put it in your hands. Take it take it. There’s no time to cry. Happy happy…la puerta de este edificio era muy estrecha, como si estuviéramos entrando a un lugar oculto, secreto, exclusivo. Subimos a un ascensor en que a penas cabíamos los cinco y el ascensorista; era antiguo, este tenía como puerta un par de rejas, como se solían usar en los años 50.

El lugar era lo mejor que encontramos, y no podíamos quejarnos. Había luces de colores colgadas de los techos, humo en toda la composición, casi nada de gente, y música a un volumen estridente; irónicamente las decoraciones de este ambiente eran andinas, tenían mantos en las paredes, en las mesas y en los suelos. Nos sentamos cerca a los parlantes –como para no escuchar ni una palabra que decíamos-, y cada uno pidió su trago…un poco de pisco, un poco de gin, un poco de ron y por supuesto, de whisky… y luego vinieron las cervezas.

El sitio se llamaba El Mirador, y la verdad que sí tenía una gran vista desde la ventana, es solo que a esa hora mirar algo era imposible, ya que la neblina lo acaparaba todo. Pero después de todo, el sitio era divertido, era interesante, era especial.

Pero parecía que el sitio ya iba a caer, ya que a las cinco de la mañana nos pidieron que nos retiremos.

Es extraño, como uno con un poco de alcohol puede llevarte a contar sus más profundos sentimientos y deseos; esa noche me enteré de muchas cosas, pero sobre todo me enteré que la persona que yo consideraba la más fuerte y la más madura del mundo, era en verdad una pobre niña que buscaba consuelo de alguien que la escuche. Ahí es donde termine, prácticamente donde empecé, en medio de la Plaza San Martín escuchando una historia de amor que no podía comerme, o más bien no quería creerla.

Fuimos con una chica que apenas conocía, y ella terminó llorando en mi hombro por una persona que nunca en mi vida supondría que tiene que ver algo con ella.

Y así fue como empezó a amanecer, y la verdad es que teníamos demasiado frío. Pero ver ese amanecer en plena Plaza San Martín fue muy bonito, se lo deseo a todo el mundo. Es como vivir nuevas experiencias, hacer cosas que te mueres de ganas de hacer pero que no te dejan, es como si te unieras con gente que piensa exactamente lo mismo que tú, y que quiere para la vida algo que es parecido a lo que tú quieres; es inevitable sentir esa alegría, de sentirse feliz por un segundo, es ese momento en que todo el mundo se queda callado mirando algún acontecimiento. Ese fue el momento que más disfruté en la semana; y en ese momento, el centro de Lima no me pareció para nada desagradable, era más bien acogedor, era cálido.

En conclusión, no debimos ir al centro de Lima un feriado y no debimos tomar tanto, ya que creo que es inevitable que la gente –especialmente de nuestra edad- se abra ante situaciones tan superficiales, que llore y pida una oportunidad como si le estuviera pidiendo a Dios por un segundo chance en la vida. Aún no hemos vivido absolutamente nada de la vida, no es nada comparado a lo que viviremos cuando tengamos responsabilidades de verdad. No deberíamos precipitarnos tanto ante un rechazo, o ante el desagrado de tu superior por un trabajo que no haces bien. Las cosas son tan simples, tú eres como eres, tú dices lo que piensas, y tú escribes lo que sientes. Eso fue lo que me enseño el centro de Lima después de siete horas de recorrerlo. Mi travesía no fue en vano, me hubiera gustado que sea aún mejor, con esos peligros de los que todo el mundo me advirtió pero que, de cierta forma, hubiera querido que acontecieran para poner un poco más amena la noche.

LA HIPÓTESIS DE UN ACCIDENTE “Mientras el tubo responda voy a estar bien”

El jueves primero de octubre salió de la ciudad de Ayacucho un helicóptero que llevaba dos pasajeros y un piloto, este “tubo” pertenecía a la empresa Coyote Air. Ese mismo jueves, la empresa dio por desaparecidos a los tripulantes, y es hasta ahora que se investigan las causas de este accidente.

El señor Enrique Rivera, quien me llamó para darme a conocer el hecho, me comentó que ese jueves, al momento de despegar, el clima no favorecía del todo un pilotaje y que después de eso el “tubo” de matrícula OB-19-11 PAL-350 perdió comunicación con la base, y que no se supo más de ellos . Pero el piloto que se enrumbó ese día para realizar el trabajo de una explotación de lotes del gas de Camisea pensó que aquel clima no podía dejar que este no haga su trabajo. Considerando que llevaba 30 años volando, que ha trabajado en las mejores compañías del mundo, que era instructor de pilotos, que había estado en la guerra de Irak, que es el piloto con más horas de vuelo que existe en Latinoamérica; un clima como el de aquel día no iba a detenerlo. Tal vez pensó que si salía de esa iba a volver a su casa ese fin de semana para contarle una vez más a su hija de lo bueno que era en su trabajo, y una vez más le hablaría sobre lo importante que es estudiar una carrera que te llene, que te apasione.

Tal vez me haga un poco especial en esta situación el hecho de que fui la última persona que lo vio, ese miércoles 30 de septiembre fui a visitarlo a su casa, era una persona que siempre andaba ocupada y apurada, estaba haciendo sus maletas y arreglando unos cuantos papeles para poder irse a Ayacucho. Recuerdo que no podía prestarme atención, es por eso que decidí irme y dejarlo hacer sus cosas tranquilo; “Yo te llamo mamita”, fue lo último que me dijo.

El sábado 3 de octubre el equipo de rescate aterrizó en el campo deportivo de la EP-CIA INF N°5, del sector de Macamango procedentes de la localidad de Kiteni, para enrrumbarse en la expedición de difícil acceso, donde encontró el helicóptero y a las tres personas desaparecidas en Quellouno, distrito de La Convención, Cusco. Se estrellaron contra un cerro, no sabemos de su paradero desde el jueves...me dijeron por el teléfono, aunque ese mismo sábado en la tarde me comentó un paramédico, un amigo que trabaja en el aeropuerto, que ya estaban llevando los cuerpos a una morgue de Cusco, que los encontraron en una zona llana, y que la máquina estaba destrozada, que ha primera vista no parecían restos de helicóptero. Debo decir que eso pone en duda lo planteado por la empresa Coyote Air, es que si se sabe que esta se cayó por fallas técnicas, o porque la máquina no estuvo en constante mantenimiento, le tocará pagar una gran suma del seguro a la empresa privada.

De acuerdo con las noticias que se publicaron el domingo 4 de octubre; en la mayoría de periódicos, emisoras radiales y noticias televisivas se confirmó la muerte del piloto Luis Miguel Gonzáles Aguilar, el mecánico Sandro Tello Ríos y el mánager de la empresa aérea Reynaldo Espinosa Fonseca; el “tubo” de matrícula OB-19-11 PAL-350 fue encontrado totalmente destrozado. ¿Ahora qué nos queda por hacer? Es un caso más del millón que existen en el Perú, del millón de casos que no han sido resueltos; es curioso cómo programas como CSI o Cold Case puedes resolver un caso de muerte en una hora; pero por otro lado, en el mundo real, cuando suena tu teléfono para darte la peor de las noticias sabes que ese día será eterno, también quisieras formar parte de un programa de ficción.

Ese mismo 4 de octubre los cuerpos fueron trasladados desde el distrito de Kiteni en un helicóptero N°B-212-690 de la Fuerza Aérea Del Perú FAP al aeropuerto Teniente Alejadnro Velasco Astete de Cusco para ser llevados a la morgue central, posteriormente se les hizo la debida necropsia de Ley.

Todos manejan la hipótesis de un accidente, pero si hubieran conocido al piloto de aquella máquina la palabra “accidente” hubiera sido su última opción; tan dedicado al trabajo, pasaba más tiempo en el helicóptero que en tierra firme. Se ha descartado la caída de la aeronave por un ataque terrorista, el jefe policial Ítalo Perochena dio a conocer que el lugar donde ocurrió el incidente pertenece al VRAE, pero esta no es una zona de peligro ya que no se tiene registro de actividad subversiva.

Se trataba de un simple traslado de personal a los yacimientos de Camisea para poder hacerse una inspección, pero la máquina solo llegó a la zona selvática de Cusco, mas no a su destino final el Manu, Madre de Dios. Tal vez lo único que me hace sentir tranquila, es saber que los tripulantes de esa nave murieron en el acto, ya que el impacto fue fuerte. Lo único que le quedó a la compañía fue cubrir con los gastos del traslado de cuerpos hasta Lima, sepelio y entierro. Me parece tan injusto que siento él el mejor piloto de Latinoamérica no se reconozca nada, y traten aunque sea de averiguar las verdaderas causas de este accidente; no se le tiene consideración para nada.

Siempre que lo tenía a mi lado él solía renegar con la clase de gente que existe en el Perú, la clase de gente que es egoísta, que no le importa lo que tenga que hacer para conseguir todo lo que quieran, la clase de gente que no reconoce a una gran persona aunque la tenga justo al frente. A veces pienso que ese descanso eterno, es mucho más tranquilo que estar aquí, y también me siento bien por eso, porque él ahora está descansando de todas cosas que le molestaban, de todas las preocupaciones que tenía. Y lo más importante es que murió en su ley, que murió haciendo lo que le gustaba, murió en ese sitio donde le fascinaba estar, donde pasó gran parte de su vida, y que ahora le dio el honor de descansar a su lado.